Historias del IIBCE_ El gran Naturalista Juan Blengini

Introducción por Rocío Ramírez, IIBCE

La historia de las historias
El Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable, el IIBCE como le llamamos muchos de los que trabajamos aquí, es un lugar único. Por su historia, su trayectoria y sus historias. Nació de la pasión de su fundador, Clemente Estable, un maestro y pedagogo con una vocación por la investigación que cambió la realidad científica del Uruguay. Primero fue un “Laboratorio de Ciencias Biológicas” y estuvo situado en varios lugares físicos de Montevideo hasta que finalmente, ya como Instituto, se instaló en la calle Avenida Italia, donde hoy una gran cantidad de científicos trabajan en la búsqueda de nuevos conocimientos.

A lo largo de todos los años de vida del IIBCE, varias personas dejaron su huella. Muchos fueron y aun son científicos que por ejemplo, fueron nombrados investigadores eméritos en más de una ocasión; otros sin embargo, por no ser científicos o por no pertenecer a una categoría o espacio de trabajo convencional, pasaron desapercibidos ante la mirada y el reconocimiento social y cultural. Es el caso de Juan Blengini, casi un héroe de la fauna de nuestro país que hizo grandes aportes a la biología y la cultura uruguayas, quizás por el simple y maravilloso hecho de que nació para eso: para conocer y compartir conocimientos sobre la vida salvaje del Uruguay

Rescate de animales en Salto Grande. Zorro

Juan con una de sus pasiones, los animales. En este caso, un zorro rescatado de las inundaciones que ocurrieron luego de que se construyó la represa de Salto Grande.

Por eso, cuando en una de las vueltas cíclicas de la vida quién sabe si casuales, su hijo, vecino de toda la vida, profesor antes que vecino y hoy colega en otra institución, me contó que su padre había trabajado en el IIBCE y era amigo y conocido de muchos, pero que además, había dirigido varias salidas de campo y colectas de animales por todo el país, quedé atrapada de inmediato ante sus relatos.

Aldo Blengini, ante el fallecimiento de Juan el 20 de octubre, me mostró fotos de su padre alimentando venados de campo, haciendo pozos para encontrar ratones, sosteniendo conejos, ordeñando ofidios, acampando en lugares notoriamente remotos del Uruguay. También me contó que su padre había sido muy amigo de varios investigadores de renombre del Instituto, con quienes compartió horas de trabajo y ocio creativo. Fue entonces que acudí a ellos buscando rescatar la historia de un gran valor uruguayo, y me encontré con anécdotas dignas de un documental.

Aquí debajo, algunos de sus grandes amigos dedican una líneas a su memoria, también como forma de compartir la grandeza de un hombre apasionado y comprometido con la conservación de nuestra mayor riqueza: la diversidad de vida del Uruguay y todo su conocimiento potencial escondido.

Escribe Fernando Costa, IIBCE

Juan Blengini en el Clemente Estable
Conocí a Juan Blengini a mediados de los ‘70s, cuando llegó al IIBCE redistribuido de Pluna, como Ferrín y Tasano. Me lo presentó Capocasale, mi jefe de entonces, que lo conocía del Museo de Historia Natural. También fue encargado de Zoología en la época de oro del Centro de Estudios de Ciencias Naturales, el de Pancho Oliveras. Allí conoció a Fernando Pérez Miles, mi colega y amigo de toda la vida, y lo trajo al IIBCE a la corta edad de 16 años. Juan era un tipo difícil: alto, canoso, hosco, duro y áspero. Cara de pocos amigos semioculta por un gran bigote. Pero con los animales era otra persona: el ogro se endulzaba, los cuidaba, les hablaba. Parecían ser su vida.

En el IIBCE, Juan se encargó del Bioterio, y lo hizo andar de maravillas. Todo el IIBCE cambió su aspecto. Apoyado por el Director, el primer José Roberto Sotelo, en poco tiempo creó un verdadero zoológico en el fondo del IIBCE, cuando aún no existía el edificio nuevo. Y no sólo en el fondo. Ya uno al entrar en el edificio viejo, caminando por esas hermosas galerías con vista al jardín, uno podía ver a un mano pelada atado a un árbol, o dos axolotes en una gran pecera, en el corredor frente a lo que hoy es el laboratorio de Ángel Caputi. En el fondo, cerca del Salón Multiuso (que no existía) y en parte protegido por la vieja higuera, un jaulón con dos lechuzones o ñacurutús. Varios chivos acudían curiosos a recibirme cuando me iba a despejar al fondo (o a ver bichos, lo que venía a ser lo mismo para un zoólogo). Sobre una mesa blanca de cármica que aún conservo, Juan hizo subir a una gata montesa, ronroneando áspero con su collar rojo. En el bioterio, con olor a limpio y en orden, amenizaban la blancura de ratas y ratones una culebra arborícola, una crucera, escuerzos, ranas monito… De todo.

Juan y Fernando rescatando una culebra del lago.

Juan y Fernando rescatando una culebra del lago.

Un anécdota
Cuando el agua empezó a llenar el lago artificial de Salto Grande, Juan nos invitó a compartir unos días con él. Disponía de un lindo chalet de teja en El Espinillar, con auto y un bote. Era extraño ver que calles en buen estado desaparecían en el lago, como si su destino fuera llegar al fondo. E increíble la quema de las hojas de caña de azúcar: surgían de la nada llamaradas enormes, que en un instante desaparecían, dejando sólo varas chamuscadas. Pero lo mejor fue el bote: Juan rescataba fauna que se ahogaba, que después dispersábamos en tierra por los lugares que parecían los más adecuados. Los pobres bichos flotaban, nadaban o colgaban de ramas en la inmensa superficie del lago. Y todo iba para dentro del Arca de Noé. Las culebras que cabían y no se escapaban, en tarros de 200 litros; las demás, sueltas por la borda, compartiendo un espacio mínimo con humanos, cururús, ratones, lagartos, langostas, arañas y millones de hormigas. Las hormigas metían miedo. Muchas de ellas deambulaban flotando en una madeja roja que se esparcía por el bote no más tocaban la borda. Vi a Juan rescatar con cuidado a una crucera que colgaba de una rama, a pesar que el bicho se resistía y la corriente alejaba una y otra vez al bote. Lo vi también recibir impertérrito una docena de mordeduras de una culebra parejera que por lo visto no quería subir: recuerdo las gotitas de sangre que saltaban y caían sobre el bote. Blengini quería hacerlo todo, hasta que nos peleamos por eso. No nos hablamos por un día. Al segundo, me dijo:
– Mire señorito, que a mí me gusta mucho juntar bichos con usté.
Para Juan, esa era la más humilde de las disculpas. Alcanzó y sobró.

Hay en el LEEE, laboratorio de ecología, etología y evolución del IIBCE, dos arañas pollito grandes y hermanas, que nacieron hace 31 años y que probablemente son las arañas vivientes más viejas del mundo. El recolector de la mamá, claro, fue Juan Blengini, en 1983

Una de las hijas de la Araña madre que colectó Juan Blengini.  Muy probablemente, una de las dos araña más viejas del mundo, junto con su hermana.

Una de las hijas de la Araña madre que colectó Juan Blengini. Muy probablemente, una de las dos arañas más viejas del mundo.

Escribe Fernando Pérez Miles (FC-IIBCE)

Blengini y la ranita mono
Tendríamos 16 ó 17 años. Para Rafael de Sá y para mí era una de las primeras excursiones del Centro de Estudios al medio del campo: la estación Km 329 en Durazno, sobre el Río Negro, donde terminaba la vía del ferrocarril. También era una excelente oportunidad de compartir trabajos de campo con Juan Blengini y Raúl Vaz-Ferreira, dos baqueanos en esas lides. En esos tiempos las ranitas mono (Phyllomedusa iheringii) eran bastante escasas en colecciones y Vaz-Ferreira había escuchado su canto en la espesura del monte, al lado de un charco. Con un grabador de cinta, tecnología de punta en la época, Raúl trataba de captar el canto. Era de noche y llovía, Juan, Rafael y yo ayudábamos en lo que podíamos. Uno alumbraba, otro sostenía un paraguas o el micrófono. Sólo cuando la lluvia paraba era posible grabar sin la interferencia del ruido de las gotas, había que estar atento. Vaz-Ferreira, escuchaba concentrado con auriculares y negaba con la cabeza. Había un zumbido que ensuciaba la grabación. Así varias veces hasta cerca de las tres de la mañana, cuando descubrimos que el zumbido era del farol de mantilla; fue apagarlo y se solucionó el problema. Pero el bicho seguía sin aparecer. Entonces Blengini, machete en mano, fue pelando cuidadosamente un matorral y aislándolo del resto del monte, hasta que muertos de cansados nos fuimos a dormir. Al otro día nos levantamos más tarde con Rafael y volvimos al lugar; cuando llegamos, el matorral estaba reducido a un par de ramitas. Blengini, con una gran sonrisa, señalaba con el machete a la rana monito. Vaz-Ferreira buscaba, entre cientos de bolsitas, dónde alojarla.

Una dedicatoria
Tal vez nadie le iba a dedicar una especie, eso me convenció. Le dediqué especies a artistas admirados y famosos, Lennon, Blades, Benedetti, Gardel, Yupanqui, entre otros. También a amigos entrañables y menos conocidos, entre los que cuento a Juan Blengini. Un amador de los bichos, en el mejor sentido y el que me dio el primer empujón para entrar en el mundo de la ciencia. Justito él que miraba la investigación con la ñata contra el vidrio, tal vez para no romper el hechizo de la naturaleza que tanto admiraba. Te lo merecías, lleva tu nombre una hermosa tarantulita boliviana: Cyriocosmus blenginii.

Un ejemplar del género Cyriocosmus

Escribe José Roberto Sotelo, IIBCE

Juan entró en el IIBCE como un huracán de esos del Caribe, de esos que cambian todas las cosas de lugar, pero que durante la reconstrucción, él tomaba un papel renovador y que finalmente ayudaba a que todo fuera mejor. Podríamos definirlo como un científico autodidacta (con todos los beneficios y riesgos que eso conlleva), conocedor experto de toda la fauna y flora de nuestro territorio, pero que también incursionaba en las de otras regiones por su espíritu inquieto, conectado con muchos zoólogos o instituciones extranjeras con las que realizaba intercambio de ejemplares locales por los especímenes extranjeros de una forma totalmente desinteresada, pero muy cuidadosa y respetuosa de los animales y plantas vivas que enviaba y recibía. Luego distribuía los ejemplares recibidos entre sus innumerables amigos o instituciones nacionales tan fanáticos como él, de la conservación del medio ambiente y sobretodo del bienestar animal o vegetal.

Criando venados de campo para enviar a la estacion de cría de Piriápolis

Criando venados de campo para enviar a la estacion de cría de Piriápolis

 

Un militante político de toda la vida, durante la dictadura fue puesto a “disponibilidad” (una forma cruel pero diríamos semi-elegante de dejar a un opositor irreconciliable en la calle). En esa época vivía en un apartamento sobre Av. Italia, casi enfrente del IIBCE. Él había trabajado como mecánico en Pluna, un trabajo muy intenso y seguido por el ente de forma muy estricta, porque como él decía medio en broma y medio en serio estaba encargado de que todos los tornillos de los motores y o mecanismos que mantenían al aparato en el aire, estuvieran correctamente apretados. Sus amigos del gremio, Tasano (un mecánico tornero exquisito) y Ferrín (tapicero, que se había transformado en entelador deavionetas), gracias a él terminaron también en el IIBCE (uno como tornero del Taller y otro como fotógrafo).

El gran problema de la época era que ningún jerarca público quería arriesgarse a recibir a los “apestados” entre sus huestes. El Director del IIBCE, fue diferente, los recibió e inmediatamente se pusieron a trabajar. Juan Blengini quedó a cargo del Bioterio, Tasano del torno del taller y Ferrin del cuarto oscuro (ampliando por primera vez en su vida negativos de microscopía electrónica entre otras cosas). Inmediatamente Juan, Tasano y Ferrin “relincharon” con el director, que se dio cuenta que había hecho una adquisición, no sólo útil, sino significativamente importante. Lamentablemente, por razones de espacio dejaremos de lado las anécdotas de Tasano y Ferrin (compañeros entrañables) para concentrarnos en el “Monstruo de la Naturaleza”, como le decían a Lope de Vega, Juan Blengini. Inmediatamente, bajo el influjo del impulso colector de Juan, el IIBCE se transformó en un zoológico y una reserva botánica, repleto de los animales más insólitos, como un Mano Pelada, un Búho impresionante (Andy) y hasta asustador con su mirada penetrante y que terminó hasta por ser un actor de cine, ya que apareció en la primera escena de la película uruguaya “Mataron a Venancio Flores (Director: Juan Carlos Rodríguez Castro, Producción: Cinemateca Uruguaya).

También una anaconda gigante, un pequeño núcleo de venados de campo casi en extinción de la cual Juan los salvó y que sirvieron para ser la delicia de mis dos hijos mayores, porque Juan les enseño a darles la mamadera los sábados o domingos que los llevaba conmigo al IIBCE. Federico Dajas, a la vuelta de Suecia apasionado con estudiar los venenos neurotóxicos de la víbora de cascabel y analizar los de la crucera y la yarará, le pidió ayuda para conseguir ejemplares. Nuevamente, una parte del Bioterio se transformó en un serpentario sui generis. Juan, no sólo manipulaba las peligrosas serpientes, las alimentaba e higienizaba las jaulas de vidrio donde vivían, sino que ordeñaba el veneno “a mano” para colectarlo en tubos que iban directo a las columnas de cromatografía. Proporcionaba peces eléctricos a los electrofisiólogos y los guió en las primeras excursiones de captura.

Juan con si hijo Aldo, junton a los venados de campo en los Bañados de Carrasco, en la estación de cría de veterinaria

Juan con si hijo Aldo, junton a los venados de campo en los Bañados de Carrasco, en la estación de cría de veterinaria

Otra cosa interesantísima de Juan, era que conocía cada rincón del país porque había sido miembro del Centro de Estudios fundado por Pancho Olivera, de donde invitó a asistir al IIBCE a Carlos Cerveñanski (Bioquímico excelente), igual que a tantos otros. Inmediatamente se sumaba a cualquier actividad biológica o artística. Junto con Tomás Sobota, uno de los primero programadores informáticos del IIBCE, teníamos el mismo gusto por la fotografía y la practicábamos los sábados en el Departamento de Biofísica con él; yo entre experimento y experimento de mi tema y Tomás fulltime. Juan se sumó al Club de fotografía con entusiasmo, comíamos juntos y tantoTomás como yo disfrutábamos del anecdotario de Juan y terminamos formando un grupo de excursión (junto con Carlos) con su guía, y recorrimos muchos lugares inolvidables. Uno de los que más recuerdo fue el Palmar de Porrúa, donde quedé de boca abierta, ya que había muy cerca un bar  con un mostrador de madera, donde nos acodamos a tomar unas grapas con limón y a escuchar al dueño sobre los tipos que habían visitado previamente el lugar. Habían encontrado muchísimos restos indígenas. Volví a Montevideo con una boleadora a la que le faltaba una lasca.

Juan Blengini en el Reptilario del Centro de Pancho Olivera con una Tortuga Campanita

Juan Blengini en el Reptilario del Centro de Pancho Olivera con una Tortuga Campanita

Foto de Juan en un campamento de Baigorria, cuando fueron con José Sotelo a los Palmares de Porrua,  "un paraíso"

Foto de Juan en un campamento de Baigorria, cuando fueron con José Sotelo a los Palmares de Porrua, “un paraíso”

 

Escribe Antonio (Tony) Mignone, ex integrante del LEEE

Conocí a Juan cuando aún no tenía edad para manejar legalmente. Laburaba en un Laboratorio que preparaba material de Zoología, que él visitaba asiduamente Siempre iba a compartir cigarrillos (los míos); yo estaba encargado de bichos y bueno, no fue difícil hacernos amigos…

Creo que lo conocí un poco tarde, nada que ver con aquella fama de tipo reacio y con fuerte temperamento. Compartimos varias salidas de campo: el viejo sabía todo. Junto con Daniel García y su esposa nos terminamos haciendo amigos muy cercanos, todos bichólogos.

Con los años me fui a la “gélida” Miami, pero siempre seguimos en contacto, lo mantuve al tanto de mis locuras y aventuras, de mis caminatas por los pantanos. Y bueno, cuando empecé a bucear para viejo fue como si él lo estuviera haciendo. “Disfrutalo por mí, nene, que es como si yo estuviera con vos ahí abajo del agua. Es algo que me quedó pendiente en la vida y que vos lo hagas me parece maravilloso”. Fue lo que me dijo la última vez que hablamos.

Fue (es?) un tipo que de alguna manera nos marcó a todos. Creo que llevó a Fernando Pérez al Instituto y a algún otro también. Para mí, uno de esos padres adoptivos que te regala la vida, un gran amigo y siempre voy a lamentar que no lo pude convencer de venir a Miami a mirar bañistas y delfines.

Mas historias
Tomás Sobota fue otro científico que hace tiempo estuvo muy vinculado al instituto y era amigo de Juan. Por correo nos contó que lo acompañó a alguna salida para recolectar los peces eléctricos en la laguna del Sauce y otras aventuras. Luego Omar Trujillo, investigador emérito de nuestro instituto y discípulo directo de Clemente Estable, nos contó que de hecho fue Juan quien “descubríó” a los peces eléctricos y los trajo, comenzando sin querer queriendo, toda una línea de investigación interdisciplinar que continúa hasta hoy, generando conocimiento uruguayo de exportación.

 

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5 thoughts on “Historias del IIBCE_ El gran Naturalista Juan Blengini

  1. Me parece un artículo cálido y bien escrito (tanto el texto base como los aportes). Trae a la memoria tiempos post- fundacionales que necesitaban personalidades “algo atípicas”. Blengini fue una de ellas y es bueno recordarlo. Omar Trujillo Cenóz

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  2. Gracias a todos por reflejar en blanco y negro digital esas imágenes que pintan tan detalladamente a mi viejo. Gracias Rocío, por la idea.. Un saludo afectuoso y mi agradecimiento a Fernando, Roberto, Fernando, Tony y Tomas, Realmente en pocas palabras describen en forma brillante momentos que son hermosos recuerdos.

    Aldo Blengini

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  3. Una vez más este artículo demuestra que los científicos, aman la vida en sus más exquisitos momentos, en lugares únicos….poder escribir este recuerdo es un acto más de generosidad…para que todos lo reconozcamos y otros lo conozca! Gracias tío Juan por TANTA locura!

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