IIBCE se expresa_ Artículo de opinión de uno de nuestros investigadores

Este artículo fue publicado en el semanario BRECHA, el viernes 21 de agosto 2015. Su autoría es del investigador Rafael Cantera (*).

La domesticación de la ciencia

Los científicos del Instituto de Investigaciones Biológicas Clemente Estable (IIBCE), unidad ejecutora del Ministerio de Educación y Cultura (MEC), se enfrentan consternados a una propuesta emanada de la dirección del Ministerio por la que sus programas y proyectos de investigación y formación de jóvenes investigadores, sus dos objetivos fundamentales, pasarían a ser seleccionados, planificados, coordinados, ejecutados y evaluados no por ellos mismos, sino por un grupo de funcionarios políticos de diversos ministerios, designado con el presunto cometido de dirigir el esfuerzo científico de modo que reporte más ventajas económicas para el país.

Parecería que en el gobierno prima la creencia de que seleccionando y controlando los temas a estudiar, a partir de criterios económicos y políticos, a los cuales los valores científicos quedarían supeditados, puede promoverse una ciencia que reporte más y mejores resultados útiles y menos de lo que se cree inútil, por desvinculado al crecimiento económico. Subyacente a esa falsa creencia, parecería que existe una intención de encarrilar a los científicos para que se dediquen a estudiar problemas de importancia particular para el país, y que un buen desarrollo científico se definiría en función de la solución de problemas prácticos o materiales siguiendo la fórmula simplista de ”problema-proyecto-solución”. Eso implica la infantil convicción de que esa casi ofuscación por lo ya conocido, esa domesticación de la ciencia, alejándola de lo nuevo e impredecible, de lo potencialmente revolucionario, no solo dará mejores resultados, sino que también aumentará nuestra competitividad en el seno de una economía de mercado capitalista.  

La gran debilidad de esta idea es presentarnos una ciencia amputada, servil a los intereses urgentes, sorda a la pasión por las grandes preguntas científicas y sesgada por la parcialidad, que inevitablemente se impone una vez que comienza a ser dirigida principalmente en función de planes de gobierno y preferencias político-partidarias. Si bien usar nuestro conocimiento acumulado para resolver ciertos problemas es parte del cometido de la ciencia, y a veces, aunque no muy frecuentemente, esto es posible, más importante aún es crear el conocimiento que no existe. Y si la principal función de la ciencia es generar conocimiento nuevo y esta debía ser, según Clemente Estable, una función primordial del instituto que hoy lleva su nombre, parece una mala idea suponer que la exploración científica de la naturaleza, la biología, saldría beneficiada si fuese dirigida por un aparato político.

La idea que acá criticamos es considerada políticamente correcta de modo casi universal. En Estados Unidos fue adoptada tanto por gobiernos demócratas como republicanos y en Cuba la promovió el gobierno socialista y si se extendió por el mundo tan irresistiblemente se debe en parte a que también fue adoptada por gobiernos socialdemócratas, democristianos, liberales, centristas y neoliberales y, al llegar a nuestro país, también por gobiernos frentistas.

Esa promiscuidad política nos demuestra que esa creencia no es ni original ni ”progresista”. Pero no se le puede negar su resistencia al razonamiento crítico y a la oposición de tantos científicos que han tratado de explicar su parcialidad y deficiencia.  Su condición de mala hierba, por su empecinamiento en surgir y resurgir en casi todos los terrenos políticos, podría deberse, al menos en parte, a que coincide con el ”sentido común”, como la creencia de que el Sol gira alrededor de la Tierra, o de que esta es plana.

Si como dije, viene siendo promovida desde hace muchas décadas en varios de los países que más dinero y esfuerzos invierten en actividad científica, es válido preguntarse si esta promiscua, yuyal y razonable idea al menos allí, donde tanto se la ha impulsado, ha dado los resultados prometidos. No caben dudas que para esta pregunta existen respuestas. Infinidad de datos de acceso público, informan sobre el monto de las sumas invertidas en cada ”importante problema a solucionar”, en cada ejemplo de ”ciencia pertinente” y también existen datos sobre los resultados obtenidos, o mejor dicho, sobre su frecuente ausencia. En las dos últimas décadas, una parte importante del presupuesto mundial para la investigación en biología y medicina fue dedicada a un objetivo muy útil, socialmente pertinente y bien definido, pero que no ha sido alcanzado: la vacuna contra el SIDA. Otra buena parte, fue dedicada a financiar miles de proyectos con fines también muy útiles (cura del cáncer, alcoholismo, envejecimiento, y diabetes, por ejemplo), pero jamás alcanzados.

Sólo en Estados Unidos y contando exclusivamente la financiación otorgada por el instituto NIH (por ”National Institutes of Health”, institutos nacionales para la salud, el principal financiador de proyectos científicos en biomedicina en ese país), las sumas invertidas en la solución de un problema tan pertinente como la producción de una vacuna contra el SIDA y cuya importancia práctica sería indiscutible, rondan los tres mil millones de dólares anuales. Tres mil millones, año tras año, sin que aparezca la bendita vacuna. Aparentemente, tener voluntad política para elegir con pertinencia un problema socialmente acuciante y asignarle muchos fondos a su estudio no es suficiente –quizás ni siquiera haya sido la estrategia más adecuada- para resolver ese problema eficientemente, por más meritorio que sea el esfuerzo.

Creo que la explicación de estos pobres resultados no se basa en falta de conducción política, errores individuales, mala gestión de los fondos y otros aspectos ajenos a la creencia y a las estrategias de ella derivadas. El meollo está en que la creencia es falsa en sí misma. De hecho, este tema está siendo debatido en Estados Unidos, Inglaterra, Suecia y otros países donde ese camino ya fue probado a lo largo de décadas y ya se da por descontado que se debe reservar una parte importante de los fondos para investigación ”fundamental”. El término comprende aquella no ceñida a las urgencias políticas, puesto que de ella se derivan, con pocas excepciones, los grandes avances científicos.

Un ejemplo de importancia relativa, pero muy elocuente, es que casi todos los grandes avances en nuestra comprensión científica de la naturaleza merecedores del premio Nobel, siempre discutibles pero extraordinariamente innovadores, provienen de investigaciones en ciencia básica o fundamental.  De ideas y proyectos a largo plazo, propuestos estrictamente por científicos y cuya posterior utilidad para la medicina, la tecnología o la economía no estaba prevista ni por los políticos, ni por los propios científicos responsables de esos avances.

Los datos, entonces, enfrentan a la relativa ineficacia de avanzar cuando solamente se pretende resolver un problema y la proliferación de resultados notables cuando se hace buena ciencia, que a menudo produce resultados inesperados y con consecuencias utilísimas.

Por si todo esto fuera poco, la promoción en Uruguay de la falsa creencia criticada en esta nota impondría, casi ineludiblemente, una degradación en la capacidad del instituto Clemente Estable para cumplir con su segundo gran cometido, que ha sido y es de fundamental importancia para la ciencia en Uruguay: la formación, haciendo ciencia en el laboratorio y el seminario, de los futuros científicos. Domesticando el proceso, se domestica a los investigadores porque se los obliga de cien maneras, explícitas o solapadas, a permanecer atentos a los objetivos políticos del gobierno, acostumbrándolos a elegir temas de estudio y discusión, y a definir de modo sesgado, incluso políticamente correcto, proyectos y temas de estudio, siempre ansiosos por presentar sus motivos e intereses científicos de tal modo que coincidan con los gustos políticos del momento.

Santiago Ramón y Cajal ya había pensado sabiamente sobre este tema y promovía una opinión que hoy, lamentablemente, sería tan políticamente incorrecta en Estados Unidos como en Cuba, en España como en Uruguay.

”Cultivemos la ciencia” –decía Cajal- ”por sí misma sin considerar por el momento sus aplicaciones. Estas llegan siempre, a veces tardan años, a veces siglos. Medrada andaría la causa del progreso si Galvani, si Volta, si Faraday, si Hertz, descubridores de los hechos fundamentales de la ciencia de la electricidad, hubiesen menospreciado sus hallazgos por carecer entonces de aplicación industrial. Dejamos consignado que lo inútil, no existe en la naturaleza…” (1)

Una posición sabia, pero que no parece coincidir con la política de ciencia que explicaría el proyecto de restructura del IIBCE propuesto por el MEC.

(1)  Reglas y consejos sobre la investigación científica” (”Los tónicos de la voluntad”).

De Santiago Ramón y Cajal, Editorial Austral, 1952.

(*) Rafael Cantera es biólogo, especializado en el desarrollo del sistema nervioso e Investigador Categoría II del Sistema Nacional de Investigadores.

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